El deseo sáfico: ligue, cuidado y respeto

Cuando salí del clóset fui muy feliz, pero fue como abrir un rompecabezas del cual no tenía la menor idea de cómo se armaba. Mi primera pregunta fue: ¿y ahora cómo se liga a una mujer? ¿Y cómo tienen relaciones las mujeres?
Mi experiencia sexual había sido poca y heterosexual, y la única información que tenía provenía de los libros de texto de primaria, secundaria y preparatoria, con cuerpos cis-hetero, un hombre y una mujer cuya única finalidad era la reproducción. Recuerdo que uno de mis primeros recursos fue: “Debo ligar como mis hermanos”, porque era la única referencia que tenía. Pero mi duda era: ¿pero quién va a ser el hombre aquí?
Entonces empecé a ir al antro y a aprender sobre la marcha. Recuerdo que llegué a un lugar en la Zona Rosa y había varias chicas. De todas, solo una me gustó. Le busqué la mirada y en algún momento me acerqué; seguramente le pregunté algo. Me respondió, pero después ya no supe cómo continuar la conversación y me fui. Ese fue mi primer intento de ligar a una chica que me gustaba.
Después resultó que yo era la nueva del lugar y varias voltearon a verme: me invitaban cervezas, me prendían el cigarro (en ese tiempo todavía se podía fumar dentro del antro). Me parecía curioso que las formas se asemejaban mucho a cuando algún hombre intentó ligarme durante mi etapa heterosexual. Lo más fácil para mí en ese momento, donde no contaba con experiencia, fue dejar que alguien más me ligara. Pero la chica que lo hizo me trataba como trophy wife: si alguien me miraba, ella saltaba a pelearse con cualquiera y en cualquier lugar. Eso me hacía sentir demasiado incómoda. No tenía sentido haberme alejado del mundo hetero y estar viviendo estas escenas.
Con el tiempo seguí mi camino de aprendizaje. Algunas veces me sentía más en la posición de tomar la iniciativa, y poco a poco fui perfeccionando mi radar sáfico. Ser observadora me ayudó mucho: ponía atención al lenguaje corporal, a las miradas, a los gestos, a la respiración. Acercarse sin invadir, medir si la otra persona estaba cómoda. A veces la mejor técnica fue preguntar directamente: “¿Me regalas un beso?”, “¿Vamos a otro sitio?”, “¿Puedo tener tu teléfono?”. Y aceptar que existía la posibilidad de que me dijeran que no, y que no debía insistir.
Más adelante entendí que no tenía por qué seguir la dinámica de un hombre hetero para ligar a una mujer. También aprendí todo lo que no debía hacer, y el acoso fue una de esas cosas. Aprendí que no es no. Que un gesto amable no siempre es una invitación a algo más. Que cuando no te siguen la conversación, también es un no. Que cuando alguien está interesada se nota, pero cuando no lo está, se nota más, y hay que dejar de insistir. Porque insistir no es romántico: es ignorar la incomodidad de la otra persona.
Si queremos espacios seguros, también debe haber espacio para un no, desde la empatía, el respeto y el cuidado colectivo. Nos han enseñado que todo se rige por las reglas heteropatriarcales, pero debemos reconocer que no es así.
Nosotras hemos creado nuestros propios caminos. En ningún libro de texto nos dijeron que existíamos, y cada una de nosotras ha ido descubriéndose en ese anonimato absoluto, construyendo su forma de existir. Nuestra manera de seducir, ligar y aproximarnos no tiene que ser la misma que dicta el heteropatriarcado, porque no lo es per se. Asimismo, debemos erradicar las malas prácticas que hemos adoptado en nuestra construcción.
Recuerdo que una vez, en una fiesta, había una chica que ya conocía porque era roomie de otra amiga. Coincidí con ella en la fiesta de despedida de mi amiga, que se iba a vivir a otro país. Pasaron las horas y, conforme avanzaba la fiesta, ella se fue acercando a mí. De un momento a otro estaba pegada a mi pierna, frotándose de tal manera que supe que eso ya no era solo un baile. Me empecé a alejar, pero ella no se despegaba. Mi amiga la jaló entre risas para que me dejara en paz; ella accedió por unos minutos, pero en cuanto me descuidé volvió a pegarse a mi pierna, hasta que decidí dejar de bailar.
Al final de la fiesta yo acostumbraba quedarme a dormir en casa de mi amiga, y ese día no fue la excepción. Me acosté en el sillón, mi amiga apagó las luces y se subió a su recámara. Yo estaba volteada hacia el respaldo, dando la espalda a la sala, cuando sentí algo que me hizo girar. Ahí estaba esta chava, sentada en un sillón individual, observándome insistentemente en la oscuridad. Le pregunté qué hacía ahí y me respondió: “Nada, es mi casa y yo puedo estar donde quiera”. Entonces le pedí que se fuera a dormir o que yo me iría de ahí, porque no estaba cómoda con ella observándome. Ella no se movió. Así que subí a la recámara de mi amiga y me quedé ahí hasta escuchar que entraba a su habitación. Después de eso me fui a mi casa.
Al pasar los días le comenté a mi amiga, y ella solo se rio: “Ay, pinche Juanita —por ponerle un nombre—, ya sabes cómo es”. En ese momento no supe qué decir. Me había sentido violentada y vulnerable, tanto como cuando los hombres me habían acosado. Mi amiga no le dio importancia, y yo solo me preguntaba: ¿si en vez de una mujer hubiera sido un hombre, le parecería igual de gracioso?
A veces se nos olvida, o nosotras mismas subestimamos, el acoso entre mujeres. Quizás lo hacemos porque sentimos que reconocer la violencia entre nosotras puede estigmatizar a la comunidad sáfica. Pero no: nombrar nuestras problemáticas nos fortalece desde la honestidad, el cuidado y la justicia. Romper el silencio es el primer paso hacia ser una comunidad reconocida, incluso desde sus problemáticas, y abordarlas con la seriedad, la responsabilidad y el profesionalismo que merecen. Recordemos que lo que no se nombra no existe, y si no existe, tampoco podremos trabajarlo.




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