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Lo sáfico en la cultura pop

Foto del escritor: Beth Cravioto
Beth Cravioto
1 ago
4 min de lectura

El día que vi a dos chicas besarse en la televisión


Recuerdo que cuando iba en la secundaria se armó un escándalo por un video musical en el que dos chavas se besaban. En ese entonces no existían las redes sociales; con suerte, aspirabas a tener televisión de paga y ver contenido en canales de música. Ahí te enterabas, más o menos, de lo que pasaba en el mundo de los jóvenes... y de los no tan jóvenes.


Cuando vi ese video, eran dos chicas con uniforme escolar, con un look medio rebelde, punk, dark, emo... o todos los anteriores. Cantaban bajo la lluvia una canción que no lograba descifrar, pero tenía una tonadita pegajosa. Y entonces, mientras lo veía, llegó el momento del que todos hablaban: el beso en televisión internacional entre dos mujeres. Estaba viendo la tele con mi papá y mi mamá, y no sabía dónde meterme para que no se me notara la curiosidad y la emoción. Esa imagen, sin saberlo, me hacía sentir más identificada que con cualquier otro programa que hubiera visto antes. Aun sin ser punk, dark ni emo, recuerdo que me latió el corazón... y eso fue todo.


Con los años salí del clóset, me encontré a mí misma y comencé mi búsqueda de lesbianas: ¿dónde estarán las lesbianas? Solo tenía como referencia ese video musical, el rumor de que Daniela Romo era lesbiana y la serie The L Word, que vi en televisión, obviamente sin que nadie se diera cuenta. No podía creer que yo fuera la única buscando lesbianas en el mundo. Y entonces encontré el primer antro gay. Por supuesto, los jueves nos daban permiso de existir a las lesbianas en sus espacios. Así fue como llegué a los “jueves de lesbianas” y, por fin, tuve más referencias. No encontré a ninguna T.A.T.U., quizás porque en realidad eran dos personajes ficticios creados por un productor cishetero, pero sí encontré una que otra Daniela Romo y alguna chica parecida a algún personaje de The L Word, pero en versión mexicana. Será porque Daniela Romo sí era lesbiana, y la serie The L Word, si bien no todas las actrices eran sáficas, la productora sí lo es. Y cuando personas de la comunidad participan en la creación de contenido LGBTQ+, se nota.


Y me preguntaba: ¿por qué no hay más de nosotras en la televisión si hay tanta variedad? Yo conocía abogadas, productoras de TV, escritoras, artistas, pintoras, diputadas... y, sin embargo, en los comerciales, telenovelas y todo el contenido, solo aparecían parejas heterosexuales: hombres y mujeres hetero cisgénero. Por ningún lado se asomaba alguien de la diversidad. El mensaje era claro: nosotros, los LGBTQ+, somos eso que no quieren que se vea.


Con los años, y ya con la llegada del internet y las redes sociales, sin pedir permiso, todos empezamos a existir por nuestra propia cuenta. Creamos nuestros perfiles, subimos nuestro contenido y muches se hicieron virales; otres saltaron a la fama por otros talentos, sin darle opción a la heteronorma. Afortunadamente, comenzaron a surgir más perfiles LGBTQ+, más referencias, más contenido, más información... hasta que el marketing se dio cuenta de que la comunidad LGBTQ+ no es una minoría. Al contrario, somos un gran mercado.


Y entonces surgieron algunxs personajxs —en especial mujeres— que se hicieron pasar por lesbianas con tal de ganarse a la comunidad. Y muchas personas dirán: “¿Pero no es eso lo que quieren? ¿Visibilidad?”. No, Joaquín. De nada me sirve una visibilidad basada en la heteronorma hegemónica, donde muestran a dos mujeres con el perfil que la gente quiere ver. Es como creer que el nopor de lesbianas es visibilidad e inclusión. No por el hecho de poner a dos mujeres besándose quiere decir que ya hay inclusión.


Un caso muy sonado fue el de la película La vida de Adèle o Blue Is the Warmest Color, donde la escena sexual más larga de sexo lésbico dio mucho de qué hablar. Julie Maroh, autora de la novela gráfica en la que se basó la película, criticó públicamente las “innovadoras” escenas de sexo, calificándolas de "ridículas" y cuestionando si había habido lesbianas reales en el set de Abdellatif Kechiche, director francés de origen tunecino, quien no solo alargó de dos a cinco meses el rodaje de la película, sino que decidió incluir la escena de sexo lésbico más larga antes vista, que duró diez minutos y tardó diez días en filmarse. Se cuenta que las prótesis de silicona vaginal que ambas actrices usaban lastimaban sus genitales al punto de hacerlas llorar y colapsar en el set.

Si bien a muchas nos gustó este filme, cuando se empezó a hablar de los abusos que había cometido el director, estoy segura de que a más de una se nos quitaron las ganas de volver a ver esta película.


No solo se trata de llevar historias LGBTQ+ a la pantalla o a los medios; hay que exigir que sean contadas con ética, responsabilidad y, sobre todo, tomando en cuenta a personas de la comunidad.


Volvemos al punto de dar papeles trans en películas o series a personas hetero. No sé ustedes, pero sí se siente uno un poco robado. Porque no solo usan nuestra identidad para hacer negocio: son nuestras luchas, y deberían ser tratadas y representadas con dignidad.


La comunidad LGBTQ+ no es un show. Es una lucha constante.

 
 
 

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